Era un mediodía muy soleado, sin una nube. Una señora mayor, que salía del Centro Comercial con cuatro bolsas, iba a cruzar el paso de cebra. Pero había un problema, se le caía una bolsa, la recogía; cuando recogía esa bolsa se le caía otra; cuando recogía la otra, se le caían las naranjas de la primera. No le quedaba más remedio que pedir ayuda.
La gente pasaba y nadie se molestaba en ayudar a esa pobre anciana. Unos minutos después de que la anciana perdiera la esperanza de poder cruzar un paso de cebra, pasó un niño con su abuelito. El niño, al ver a la anciana pidiendo ayuda, le dijo a su abuelo:
– ¡Abuelito, abuelito! ¿Podemos parar nuestro paseo para ayudar a esa anciana a pasar el cruce?
-No estoy seguro hijo, tenemos que ir a casa.-Respondió el abuelo con un poco de enfado.
-Venga, vamos. No tenemos prisa. Ya he acabado todos los deberes.-Dijo el niño pareciendo tener toda la emoción del mundo.
-Bueno, está bien. Vamos a ayudarla.
-Disculpe, señora, nos gustaría ayudarla a cruzar.-Dijo el niño con cara amable.
-Muchas gracias, pequeño. ¿Puedes cargar esta bolsa? Señor, ¿puede con esta otra?
-Sí.-Respondieron los dos.
-Pues marchando.-Dijo la anciana con mucha felicidad.
Cruzaron los tres y, además el abuelo y el niño ayudaron a la anciana subiendo las bolsas a la casa, que estaba a cinco minutos del paso de cebra.
-Mira pequeño, te voy a dar este regalo.-Dijo la abuela con cariño.
-Muchísimas gracias, pero no puedo aceptarlo.-Respondió el niño amablemente.
La señora insistía y, al final, el niño lo cogió y lo abrió. ¿Qué era eso? ¿Una bola de cristal? Si, lo era. Y ¿por qué se lo había dado? Cuando el niño se lo quiso preguntar, la señora desapareció. ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿Era una bruja?