Amor a Roma

Hola, yo soy Ana, tengo 10 años y me gusta mucho viajar. Nos hemos ido a muchos sitios, como a la India, a California, a Marruecos… pero el verano pasado nos fuimos a Roma, Italia. Lo pasamos muy bien.

El Coliseo Vimos El Coliseo, el Panteón, entre otros muchos sitios. A mis padres les gustó mucho. A mamá Roma le aviva el amor a papá, y a papá Roma le aviva el amor a mamá. Caminamos mucho, pero valió la pena. Fuimos a muchas plazas, pero había mucha gente. Teníamos que ir esquivando a la gente. Desde entonces mi padre me llama ‘Ana, la galana‘. 

Decidimos comprar una postal. Le dijimos al señor de la tienda si nos podía recomendar alguna postal bonita a buen precio y nos dijo: «Habla con mi hija, que ella te dará detalle«. Le dije a mis padres: «Yo voy«. En el mostrador algunas postales estaban boca abajo, pero yo se verlas al revés. Elegí tres que me gustaron. Una de ellas decía: «Roma le da té o pan a poeta del amor«. Le pregunté si me cobraría por un sobre y me dijo: «A ti no, bonita«.

Seguimos el paseo por el Vaticano y por el Trastévere, pues yo quería oír ese río. Me descalcé y me senté en la orilla; abajo me mojaba los pies mientras mis padres me sacaban fotos. Ya se hacía tarde y nos fuimos dirigiendo al hotel. Nos fuimos por la ruta natural, era la más tranquila. No se veía nada y entonces mi padre encendió el móvil. Nos alumbraba una luz azul. Ya encontramos el hotel. Nos dormimos pronto, pues al día siguiente salíamos para Madrid.

Las palabras que están de color rojo, forman palíndromos.

El pájaro maligno

Yo, Solemne, soy un pájaro normal y corriente al que le gustan todo tipo de lombrices, gana todas las carreras y es un buen estudiante. Pero un día me pasó algo muy extraño. Cuando estaba dando un paseo por la calle Nublesca, observando a todos lo humanos, que estaban desesperados, tristes, contentos, etc…, vi a un niño que subía a los cielos con un globo. Como encima de él caía un rayo de luz, al principio llegué que era el Señor II, el moderno, que volvía a ascender a los cielos. Luego me di cuenta de que simplemente era un niño con un globo en el cielo. ¿Qué? ¿Un niño volando? ¡Eso es imposible! Cuando vi bien el globo lo entendí todo. No estaba volando, simplemente el globo le ascendía.

Decidí llamar a mi amigo Llovente, que es todo lo contrario a lo que soy yo: a él no le gustan todos los tipos de lombrices, solo algunos; él prefiere quedarse sentadito en una nube viéndome ganar carreras; él no es para nada buen estudiante y él se llama Llovente y yo Solemne. Pero los 2  coincidimos en una cosa: somos malos con los demás, sobre todo con los humanos.

Entonces se nos ocurrió una idea brillante: hacer rabiar al niño por haber entrado en nuestro país. Nos repartimos lo trabajos: él traería la colchoneta y la comida, yo traería el cuchillo y la bebida. Cogimos todo y empezamos a desarrollar el plan. Llovente empezó a comer y a comer, en cambio yo empecé a beber y a beber. Con el cuchillo pinchamos el globo e hicimos caer al niño en la colchoneta, colocada sobre una nube.

¡Oh, oh! Llovente había comido mucho y la comida ya se había digerido. No aguantaba más y… ¡se hizo caca encima del niño! Pero en ese momento me di cuenta de que yo había bebido demasiada agua y que iba a reventar y… ¡me hice pis encima del niño! Nuestro plan había funcionado. Le sacamos varias fotos y llamamos a todos nuestros amigos para que se rieran de él. Una vez hecho eso le soltamos de la nube y cayó a la velocidad de la luz. Iba tan rápido que toda la caca y el pis se le iba por los aires. Todos nosotros nos partíamos de risa. Vimos cómo aterrizó en 3 colchones ¡ y un flotador con cabeza de cisne! Ese día nos lo pasamos pipa. ¡Nunca lo olvidaré!

Salida al espacio

Querida Sara:

Hoy estoy un poco nerviosa, pues voy a montarme en una nave espacial en menos de una hora.

En el cole, nos han enseñado el Sistema Solar, los planetas, las lunas de cada planeta… Marta, mi tutora, fue astronauta. De todos los profes que tengo, para mí, Marta es la que mejor explica sobre estas cosas. La última vez que se subió en una nave espacial fue hace dos años, justo el tiempo que lleva siendo tutora de 5º A, mi clase.

Marta dice que todavía no se ha encontrado un planeta en el cual vivan personas como nosotras, ni siquiera se han encontrado aliens o marcianos o bichos raros.

A pesar de todo lo que digan Marta, los astronautas o la estación espacial, yo creo que tenemos dobles en alguna otra galaxia; es decir, que en otro planeta, en otro sistema solar, en otra galaxia, hay alguien igual que yo, que Lucía, que Ángel, que Mariela…¡Incluso que Mónica!, mi segunda profe favorita.

Si alguien tuviera el valor de arriesgar su vida e ir a otra galaxia, podríamos saber la verdad. Yo, de mayor quiero ser astronauta y visitar esos otros sitios.

“Por favor los pasajeros que se vayan a montar en la nave espacial número 17 que pasen por la puerta 22, el despegue va a empezar. Gracias.” Esto es lo que ha dicho la señorita que está metida en el cacharro llamado altavoz. Bueno mañana seguiré escribiendo desde Marte o algún sitio de esos.

Deséame suerte, adiós.

AVRIL

La mejor recompensa

 

Era un mediodía muy soleado, sin una nube. Una señora mayor, que salía del Centro Comercial con cuatro bolsas, iba a cruzar el paso de cebra. Pero había un problema, se le caía una bolsa, la recogía; cuando recogía esa bolsa se le caía otra; cuando recogía la otra, se le caían las naranjas de la primera. No le quedaba más remedio que pedir ayuda.

La gente pasaba y nadie se molestaba en ayudar a esa pobre anciana. Unos minutos después de que la anciana perdiera la esperanza de poder cruzar un paso de cebra, pasó un niño con su abuelito. El niño, al ver a la anciana pidiendo ayuda, le dijo a su abuelo:

– ¡Abuelito, abuelito! ¿Podemos parar nuestro paseo para ayudar a esa anciana a pasar el cruce?

-No estoy seguro hijo, tenemos que ir a casa.-Respondió el abuelo con un poco de enfado.

-Venga, vamos. No tenemos prisa. Ya he acabado todos los deberes.-Dijo el niño pareciendo tener toda la emoción del mundo.

-Bueno, está bien. Vamos a ayudarla.

-Disculpe, señora, nos gustaría ayudarla a cruzar.-Dijo el niño con cara amable.

-Muchas gracias, pequeño. ¿Puedes cargar esta bolsa? Señor, ¿puede con esta otra?

-Sí.-Respondieron los dos.

-Pues marchando.-Dijo la anciana con mucha felicidad.

Cruzaron los tres y, además el abuelo y el niño ayudaron a la anciana subiendo las bolsas a la casa, que estaba a cinco minutos del paso de cebra.

-Mira pequeño, te voy a dar este regalo.-Dijo la abuela con cariño.

-Muchísimas gracias, pero no puedo aceptarlo.-Respondió el niño amablemente.

La señora insistía y, al final, el niño lo cogió y lo abrió. ¿Qué era eso? ¿Una bola de cristal? Si, lo era. Y ¿por qué se lo había dado? Cuando el niño se lo quiso preguntar, la señora desapareció. ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿Era una bruja?

 

La vieja travesura

Cuenta la leyenda que hace muchos, muchos años, cuando mi abuela era pequeña, ocurrió algo muy gracioso.

Ya era tarde, las diez de la noche y mis bisabuelos estaban acostando a mi abuela y a su hermano (mi tío abuelo). Se iban a ir al cine para ver la película más famosa en esos tiempos: “Lo que el viento se llevó”.  Una vez que mis bisabuelos se fueron, empezó la fiesta en casa.

Mi abuela cogió un colador y se lo puso en la cabeza como si fuera un casco; mi tío cogió una espátula y la usó como espada. Después de eso, mi abuela y mi tío se escaparon por la ventana. Mi tío le puso una bufanda a mi abuela en la tripita para que no se enfriara.

Cerca de su casa había unas casitas pequeñas, de madera. Eran las casas de los guardias que vigilaban el ayuntamiento. En el suelo había una pequeña hoguera. Mi abuela y mi tío se pusieron alrededor para calentarse. Mi abuela se puso a cantar; tenía la voz muy aguda, pues tenía cinco años y las voces de las niñas pequeñas siempre suelen ser así.

Un guardia que estaba cerca de ellos se acercó. Al parecer, el hombre les conocía. Era el compañero del Sr. Alfaro, padre de los niños. Los tres se empezaron a divertir. Desde lo lejos se oían grandes carcajadas.

Entonces mis bisabuelos caminaban por los montes que rodeaban esas casitas. Mi bisabuela oyó un canto. La que cantaba tenía una voz parecida a la de su hija Angelines. Cuando se acercaron, efectivamente, era ella. Mis bisabuelos les habían pillado. Afortunadamente, no les regañaron ni les castigaron. Mi bisabuela cogió en brazos a mi abuela, porque al ser pequeña, ya se estaba durmiendo. La casa estaba cerca y enseguida todos se metieron a la cama.