Este año es mí último año de carrera. Y tengo mucho miedo…
Sé que está bien sentir miedo, pero no sé qué hacer para transformar ese miedo en emoción y motivación. Tengo miedo de estar sola, de que todo salga mal, de no saber seguir adelante y de quedarme, después de todo, peor de lo que estaba. Sé que este miedo que siento es normal y también irracional. Sé que en el fondo sé que todo va a salir bien y que voy a saber hacerlo.
Quiero confiar en mí, pero a la vez tengo miedo de confiarme demasiado y no lograrlo. ¿Cómo se puede confiar en uno mismo, tener la seguridad necesaria y la determinación precisa sin que eso suponga un abandono y una despreocupación sobre las cosas que han de hacerse? ¿Cómo compaginar la preocupación y el ser realista con confiar en mí? ¿Cómo lidiar con el agobio y la ansiedad de forma sana sin dejar de tener los pies en la tierra?
Creo que la confianza empieza por creer en uno mismo; por creer en que soy capaz de hacer que las cosas se logren. Y sigue por entender la preocupación y el tener los pies en la tierra como símbolo de la presencia necesaria para conseguir el objetivo. Afortunadamente, sé que esta confianza en mí esta sostenida por mis apoyos más queridos. Que si caigo, caigo en blando en sus brazos. Así que el miedo ya no me da tanto miedo.
Porque sé que si fallo voy a tener recursos para levantarme. Recursos los cuales habré obtenido gracias al aprendizaje de haberlo intentado. De no haber sido así, sí, jamás me habría caído ni nunca me habría hecho daño. Pero tampoco habría sentido esa emoción de estar tan cerca de un sueño, hasta el punto de casi poder tocarlo con la punta de los dedos. Ese nervio, esa agitación, esa incertidumbre son parte de una llamada, y producen una sensación corporal que vale la pena vivir. Y se vive cuando sabes que estás muy cerca de envolverte en la burbuja con la que tanto has fantaseado. Oler ese anhelo, palpar el sudor nervioso que te recorre, saborear la sequedad de la garganta privada de saliva que no puede articular palabra…
Todo eso solo con intentarlo. Imagínate si lo consigues. ¿Qué se sentirá entonces? Supongo que se siente como volar, como cruzar las nubes de tu cielo favorito. Y yo me muero de ganas de volar, deseo sentir la antigravedad. Pero solo tengo una vida para vivirlo, solo una oportunidad. Me han dado únicamente un regalo. ¿Voy a jugar con él o voy a dejarlo con su envoltorio en la estantería? Me decanto por la primera opción: voy a aprender a jugar con él. Quizás se me cae, quizás se me raspa o quizás se me rompe alguna pieza, pero prefiero divertirme con un juguete roto que no jugar nunca. Esos golpes son cicatrices que demuestran el esfuerzo que ha habido detrás para aprender a usarlo. Valen la pena. Siempre vale la pena.
Ya no tengo miedo, lo que tengo son ganas de volar. Y sé, que de alguna manera u otra, en algún tiempo u otro, aprenderé a hacerlo y conseguiré surcar los cielos. Tal vez no son los cielos que hoy me imagino, pero serán los que me sepan guiar al infinito.
